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Ceuta, bajo presión: la crisis migratoria que partió a Europa en dos


La ciudad autónoma de Ceuta, enclave español en el norte de África, vive su peor crisis en décadas tras la entrada masiva de más de 72.000 personas procedentes de Marruecos entre el 30 y 31 de julio. La avalancha, que se produjo en menos de 24 horas, dejó un saldo trágico de al menos 82 muertos, muchos de ellos ahogados en el intento de llegar a nado a la costa europea. Aunque cerca de 70.000 de los migrantes ya han regresado a territorio marroquí, se estima que entre 3.000 y 5.000 personas —incluyendo más de un millar de menores no acompañados— permanecen en las calles, parques y naves industriales de la ciudad, en una situación que las autoridades locales califican como "absolutamente insostenible".


El origen de la crisis se atribuye a una combinación de factores. Una sentencia del Tribunal Supremo de España, malinterpretada en redes sociales y amplificada por bots rusos y algoritmos, generó el bulo de que quienes entraran por mar no podrían ser devueltos. A ello se suma la profunda desigualdad social en Marruecos, donde el desempleo juvenil ronda el 30% y la renta per cápita apenas supera los 4.500 euros, frente a los 30.000 de España. Expertos como Françoise Conradie, de Oxford Economics, señalan que la economía marroquí "avanza a dos velocidades". Aunque nadie ha confirmado que Rabat orquestara la crisis, varios analistas creen que Marruecos ha aprovechado la oportunidad para presionar a Madrid en la negociación sobre el Sáhara Occidental.


La crisis ha desatado una tormenta diplomática en la Unión Europea. Veintidós países firmaron una carta contra España, vinculando la crisis con la regularización de migrantes. La respuesta más dura vino de Italia, que impuso controles fronterizos a los viajeros procedentes de España, medida que Madrid replicó de inmediato. El expresidente del Consejo Europeo, Josep Borrell, resumió el ambiente: "Europa ha entrado en pánico". España, por su parte, logró que la UE destinara 500 millones de euros a Marruecos para frenar nuevas entradas, aunque Rabat exige más fondos.


La sociedad ceutí, harta y dividida, salió a las calles el pasado fin de semana. Más de 10.000 personas, según los organizadores, se concentraron en la Plaza de la Constitución bajo el lema "Ceuta no se rinde", convocadas por las cuatro comunidades religiosas de la ciudad (cristiana, musulmana, hebrea e hindú), que leyeron un manifiesto en defensa de la "españolidad" del enclave. La protesta, que exigió la dimisión del presidente Pedro Sánchez, también fue escenario de tensiones con la presencia de grupos de ultraderecha como Núcleo Nacional, que fueron recibidos con reproches y obligaron a desplegar un amplio dispositivo policial. La ciudad sigue buscando la normalidad, pero la presión migratoria, el colapso de los servicios y la fractura política amenazan con mantener a Ceuta en el ojo del huracán durante mucho tiempo.

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