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México deslumbra en casa: victoria histórica y récords en el Azteca

La Selección de Javier Aguirre rompió una maldición de casi un siglo al vencer 2-0 a Sudáfrica en el partido inaugural del Mundial 2026, en una noche donde el Estadio Azteca reafirmó su leyenda y el país mostró su capacidad de organizar una fiesta global sin renunciar a sus contradicciones.


México volvió a abrirle la puerta al mundo con una pelota. Por tercera vez en su historia, el país es sede del máximo torneo de futbol, una marca que ningún otro ha alcanzado. Y la ceremonia de apertura tuvo como escenario el totémico Estadio Azteca, que suma tres partidos inaugurales, otro récord que ningún inmueble puede presumir. “Los patrocinadores pueden comprar un nombre, pero no una historia”, escribió la prensa local al referirse al mítico coloso, rebautizado por cuestiones comerciales pero jamás despojado de su memoria.


Las 80 mil almas que abarrotaron las gradas fueron testigos del rompimiento de un maleficio centenario: la selección que más partidos inaugurales ha disputado —ocho— nunca había logrado una victoria en su estreno mundialista.


El triunfo por 2-0 reflejó el dominio de un equipo que salió a cumplir con los pronósticos. Al minuto 8, un clamoroso error del arquero sudafricano Williams dejó el balón servido para Julián Quiñones, quien no perdonó. El segundo tiempo trajo más alegrías: expulsión sudafricana al 49', y al 66' un centro quirúrgico de Roberto Alvarado encontró la cabeza de Raúl Jiménez, que rompió su propio maleficio al anotar, por fin, en un Mundial.


La única nota discordante fue la roja innecesaria al capitán César Montes (90+1'), que no empañó una noche perfecta. Javier Aguirre, criticado desde su regreso al banquillo, le dio al gusto a la afición haciendo debutar a Gilberto Mora, quien con 17 años se convirtió en el mexicano más joven en jugar una Copa del Mundo.


México se presentó ante el mundo como es: contradictorio, hospitalario, caótico, fascinante. “Un país donde distintas épocas parecen superponerse en el mismo paisaje”, se lee en las crónicas del día. El país ha sido sede de eventos masivos antes, y lo ha hecho a su manera, no con el orden quirúrgico de otras naciones, sino con una energía colectiva que desafía cualquier intento de reducirlo a una sola historia. Durante semanas, las especulaciones sobre si México podría albergar otro Mundial parecían olvidar que el país lo hace constantemente con grandes eventos. Para bien o para mal, su grandeza reside en esa capacidad de absorber golpes y reinventarse una y otra vez.


El camino en el Grupo A continuará contra Corea del Sur y Chequia, con la mira puesta en unos ansiados octavos de final ante Inglaterra en el mismísimo Azteca, reviviendo fantasmas del 86. Pero más allá de lo que depare el torneo, México ya ha logrado algo más profundo: ocupar un lugar central en la conversación global sin intentar parecer otro país. Con sus excesos y sus virtudes, con esa facilidad para convertir la adversidad en identidad, el anfitrión ha demostrado que sigue en pie y que, una vez más, encuentra motivos para celebrar. “Hay algo profundamente mexicano en no claudicar”, sentenció la crónica. Y esta noche, el futbol fue el vehículo perfecto para recordarlo al mundo entero.

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